Domingo 7.
Doctora Halvorsen:
Me dijo que escribiera como hablo. Voy a hacer algo mejor: voy a escribir como pienso, y verá que no es lo mismo. Cuando hablo, elijo. Cuando pienso, algo elige por mí.
Quiere que empiece por el incidente. Voy a empezar por Léa, porque todo empieza por Léa.
Mi hermana tiene dos años menos que yo y tres centímetros más. Tiene esa clase de belleza que hace que la gente le hable despacio, como si fuera a echar a volar. Nunca echó a volar. Se quedó. La que se fue fui yo, dos veces, y volví, dos veces, y la segunda vez me abrió la puerta del piso con una llave que había mandado hacer a mi nombre.
“¿Ves?”, dijo. “Lo sabía.”
Ella siempre sabe. Es su talento. El mío es contar.
El piso tiene tres habitaciones. La suya, la mía y la que llamamos el cuarto de invitados, aunque nunca recibimos invitados. La puerta está cerrada. No con llave: cerrada, sin más, como una frase que no se termina.
Va a preguntarme qué hay dentro. Todo el mundo lo pregunta, al cabo de un tiempo. Le responderé lo que respondo siempre: cajas. Las cosas de nuestra madre. No tenemos valor.
Es cierto. No es la verdad, pero es cierto.
El incidente, entonces.
Jueves, 23:40. Léa dormía. Lo sé porque lo comprobé: su puerta entreabierta, su respiración lenta, una mano fuera del edredón como cuando tenía siete años. Crucé el pasillo. Puse la mano en el picaporte del cuarto de invitados.
Y oí a Léa decir, detrás de mí, con toda calma: “Nora. No.”
No se había movido. Estoy segura. Yo estaba entre ella y la puerta, y ella dormía, y su voz venía de todos modos de detrás de mí.
Ya está. Eso es el incidente. No el jarrón roto, no los vecinos, no lo que Léa les contó a los de emergencias. Eso.
Sé lo que va a escribir en su cuaderno. Lo sé porque yo también lo escribiría, en su lugar. Pero le pido una cosa, una sola, antes de que lo haga:
Pregúntele a Léa qué hay en el cuarto de invitados. Y mírele las manos cuando responda.
Hasta el domingo que viene.
Nora