La puesta a limpio cabía en una hoja de noventa por sesenta. La había terminado el viernes: el círculo de la sala, los doce nichos en planta, la sección desarrollada a 1/20, los ángulos acotados a la décima de grado, las profundidades al centímetro, y abajo a la derecha el hueco del cajetín, que no había rellenado.
Inês llegó el domingo a las once con pan y dos cafés en vasos de cartón, como quien viene a trabajar. Desplegó la hoja sobre la mesa, puso los dos vasos en las esquinas de arriba, miró, y tardó mucho.
“Ahí”, dijo por fin, con la uña, sin tocar el papel. “Dígalo”.
“Once nichos a treinta grados, con dos o tres minutos de margen, sobre trescientos treinta grados de arco. Sesenta y dos centímetros de profundidad, con un centímetro de margen, fondo plano, paramento a bisel ancho. El duodécimo a treinta y cuatro, cuarenta y siete de profundidad, fondo abombado hacia el norte, atacado a la punta”.