Confesión recibida por formulario anónimo. Venían adjuntos cuatro archivos de vídeo; no los hemos abierto.
Entre el 9 de enero y el 2 de septiembre faltaron tres mil quinientos yuanes del segundo cajón de la consola de la entrada. Ahí guardamos los billetes de la casa, en una caja laqueada roja, para los repartidores, la tintorería, la mujer que limpia las ventanas, el portero en la Fiesta de la Primavera. Doscientos, trescientos, cuatrocientos cada vez, nunca más, nunca los de encima del montón. Empecé a contar el 3 de marzo. Conté treinta y cuatro veces en seis meses, siempre entre las diez de la noche y medianoche, en un cuaderno de espiral, columna fecha, columna saldo, columna diferencia.
El 18 de agosto compré una cámara de ciento veintinueve yuanes, con detección de movimiento y tarjeta de treinta y dos gigas, y la puse en la estantería del salón detrás de un portarretratos, a dos metros cuarenta de la consola, con el objetivo en el hueco entre el marco y un jarrón. Nuestra empleada doméstica vivía con nosotros desde hacía tres años y siete meses. Seis mil ochocientos yuanes al mes, un cuarto de cuatro metros y medio al lado de la cocina, domingo libre, nueve días de permiso al año para volver a Anhui. Era a ella a quien grababa y no voy a decir otra cosa.
El 2 de septiembre, a las cuatro cincuenta y dos de la tarde, mi hija volvió del colegio, dejó la mochila, abrió el segundo cajón, levantó la tapa de la caja laqueada, cogió tres billetes de cien y se los metió en el bolsillo interior de la chaqueta. Tiene trece años. Cerró la caja sujetándola con las dos manos para que no hiciera ruido, lo que quiere decir que ya lo había hecho antes.