Un levantamiento no es un plano. Es una lista de números a los que todavía no se ha obligado a ponerse de acuerdo, y hacen falta dos o tres noches de mesa para saber cuáles mienten. Empecé el martes por la noche, en mi casa, calçada do Monte, la ventana abierta sobre las tejas y las antenas y el ruido del 28 frenando abajo. Los once primeros nichos encajaron solos. Treinta grados cada uno, con dos o tres minutos de arco de margen, lo que es una obra bellísima para un cincel del siglo XVII. Doce por treinta son trescientos sesenta. Un dodecágono es una figura dócil.
El duodécimo se negaba a cerrar. Treinta y cuatro grados, y no treinta y cuatro por culpa mía: había tirado tres visuales desde tres estaciones distintas, y las tres daban la misma desviación. Luego vino lo demás. Los once nichos tienen sesenta y dos centímetros de profundidad, con un centímetro de margen, en todo el perímetro de la sala. El duodécimo tiene cuarenta y siete. Su fondo no está sobre el círculo: hace un bulto hacia el norte, el bulto de un agujero excavado en un muro que ya estaba terminado, por alguien que no tenía sitio para echarse atrás.
Volví a mis fotografías y miré los golpes. Los once fueron tallados a bisel ancho, en pasadas regulares, con la mano derecha, con una herramienta de cantero que sabía lo que hacía. El duodécimo fue atacado con la punta, a golpes pequeños y apresurados, y en dos sitios el ángulo saltó y nadie volvió a arreglarlo. Una duodécima plaza no se excava en una sala hecha para doce. Se excava en una sala hecha para once, el día en que de pronto hay que guardar a alguien más.