Había preparado seis frases. Dije una y media.
Las había escrito el domingo por la noche en las notas del teléfono, entre dos correos, con la misma aplicación que uso para un comité de dirección, porque no sé hacerlo de otra manera. La primera: hola, me llamo Claire, no le deseo ningún mal. La segunda: no va a volver, no es una amenaza, es una información. La tercera: el piso es suyo, nadie se lo quita, puede dejarlo ya. La cuarta decía que en Shanghai hay abogados y que yo conozco a dos. La quinta no la repetiré aquí. La sexta era: cuelgo ahora.
Descolgó al segundo tono. Una voz joven, serena, un inglés limpio, sin esfuerzo, de ese que no se aprende en un centro de formación de Jing'an. Dije: “¿Nina? ¿Hablo con Nina?” Dijo que sí. Y luego, en un silencio que al principio tomé por miedo, oí un teclado.