Martes, 9:02. Llegó una imagen desde un número de Shanghai que no tenía en mis contactos. Ni hola, ni nombre, ni signo de interrogación. Una captura de pantalla, y nada después.
La interfaz estaba en francés. Fue por eso por lo que la reconocí antes incluso de leerla: los menús en esa lengua que aprendí por gusto, la hora arriba a la derecha, 22:51, y el nombre del contacto. Ella lo había guardado como “Lukas Voss”. Nombre y apellido, como un proveedor. En mi teléfono se llama Lukas Voss. Fue esa línea la que me hizo algo, no lo que venía después.
Lo que venía después era una frase en chino, y debajo de la frase la línea gris que dice que un mensaje ha sido retirado. Me la mandaba sin una palabra porque ella misma no podía leerla. Había elegido bien a su traductora: en esta historia, soy yo.