El 19 de diciembre de 2015, a las 6:40, hacía dos grados delante de la reja de Xiangshan, y éramos dos mil novecientos setenta esperando para ciento dieciocho plazas.
El 艺考 es el examen de ingreso de las escuelas de arte. El gaokao normal empieza en junio; el nuestro empieza seis meses antes, en invierno, en gimnasios que no se calientan porque al sur del río no se calienta nada. Tres pruebas: 素描, el dibujo del yeso o del natural; 色彩, el color; 速写, el apunte rápido. Uno lleva sus tableros, sus pinzas, su agua. A la tercera hora los dedos ya no sienten nada y se sigue con la muñeca.
El tema de la mañana era un busto de yeso, un Voltaire, colocado demasiado alto, iluminado por la derecha. Me tocó el puesto 217, cuarta fila, a contraluz de la ventana, lo que le cuesta unos cuatro puntos a cualquiera. Trabajé tres horas y veinte minutos de las cuatro; pasé los cuarenta últimos en la oreja izquierda, que no era el problema. Por la tarde, el color: una botella verde, tres manzanas, una tela gris. A la mañana siguiente, el apunte: dos modelos sentados, quince minutos cada uno, seis poses.
Yo había llegado la víspera en el tren de las 13:12, con mi madre. Hotel en Zhuantang, 168 yuanes la noche, habitación en el sexto sin ascensor, dos camas individuales. Mi prima se había alojado el mismo día en el hotel de enfrente, 420 yuanes, con mi tía. Tenían el baño separado de la habitación. Mi madre lo supo esa misma noche por mi tía y me lo repitió dos veces.