Confesión recibida por formulario anónimo. Se han modificado los números de edificio y de apartamento.
El metro cuadrado valía ciento dieciocho mil yuanes en el callejón 358 de la calle Jianguo Oeste, y sesenta y tres mil del otro lado del cruce, a cuatrocientos metros. Los mismos plátanos de sombra, las mismas tortitas de sésamo a las seis, la misma línea de autobús. Toda la diferencia cabía en un pasadizo de doscientos metros y una verja verde: la escuela primaria del 51. Mi tía vive en el edificio 7, cuarto piso sin ascensor, cuarenta y un metros cuadrados entregados en 1987, y su libreta está en esa dirección desde hace treinta y dos años. Trasladé allí la de mi hija el 3 de abril de 2019, veintinueve meses antes del ingreso, porque el distrito exige veinticuatro y porque nadie se conforma con un margen de dos meses cuando puede permitirse uno de cinco.
El 16 de mayo de 2021, a las nueve y veinte, eran tres dentro de los cuarenta y un metros cuadrados: dos de la escuela, una del comité vecinal con la lista en una carpeta de pinza. Abrieron el armario de la entrada y contaron los abrigos de niña, cuatro, uno de ellos del invierno anterior, a propósito. Fotografiaron la cama del fondo, el escritorio de cuatrocientos ochenta yuanes comprado tres semanas antes en la calle Ruijin, el cepillo de dientes verde en el vaso, el marco donde mi hija tiene seis años, revelado en el laboratorio del 22 y dejado once días al sol de la ventana para que amarilleara. Mi tía sirvió el té de pie. Mi hija había dormido allí nueve noches en dos años.
El que sostenía la carpeta volvió a cerrar el armario y dijo: “Tenemos ochenta expedientes y once días. Usted conoce el edificio”. No di ningún nombre. Di un número: edificio 4, apartamento 602. Yo leía la lista al revés, del otro lado del cartón, y la miré mientras hablaba, de modo que él no tuvo que escribir nada. Marcó la casilla.