Había comprado dos billetes.
Lo esperaba desde las ocho y cuarenta en el andén de Roma-Areeiro, apoyado en la máquina de bebidas, con la idea bastante tonta de subir al vagón siguiente y seguirlo sin ser visto. Llegó a las nueve y seis. Traje marrón, camisa abrochada hasta arriba, saco de lona cruda doblado bajo el brazo, y vino derecho hacia mí como quien va a recoger un paquete a una ventanilla.
“Segundo vagón”, dijo. “Junto a la ventana, a la izquierda en el sentido de la marcha. En el puente, es el lado bueno”.
“Sabía usted que vendría”.