El primer sábado de enero, a las 10:20, volví a la joyería de Xujiahui.
Está en la tercera planta, entre una óptica y un mostrador de té. Aros de plata sobre terciopelo, un espejo inclinado, y al fondo del todo una vitrina más baja que las demás, iluminada en amarillo.
Puse la pulsera sobre el mostrador y pedí la misma, más grande.
La vendedora la hizo rodar entre dos dedos para buscar el punzón del interior. Dijo que ese modelo no existía en una talla mayor. Lo dijo con amabilidad, de la manera en que se corrige a alguien que viene de fuera.