Confesión recibida por formulario anónimo. No hemos respondido.
Nuestro edificio tiene noventa y seis pisos y doscientas treinta y una personas, más los perros y los gatos, que también había que alimentar y que contábamos aparte. Durante sesenta y dos días, fui yo quien decidió quién comía qué.
Nadie peleó por el puesto. El 1 de abril, cuando las vallas azules aparecieron de noche y por la mañana ya no se podía bajar hasta la verja, el grupo del edificio iba a cuatrocientos mensajes al día y ninguno de esos cuatrocientos sabía cómo se encargan tres toneladas de lo que sea. Yo llevo once años en logística — luminarias, importación, contenedores, Ningbo — y abrí una hoja de cálculo. Columna A, número de piso. Columna B, número de personas. Columna C, lo que ya habían recibido. Me llamaron la tuánzhǎng, y al cabo de una semana ya nadie en el edificio usó mi nombre.
El decimoctavo día quité un piso de la hoja.